Me llamo Vera Lúcia Geraldo y soy de Brasil. Puedo decir que llevo toda mi vida en Mozambique excepto algunos pocos años en los que estuve en mi país. Estudié economía y recuerdo muy bien que cuando terminé los estudios pensé «Quiero servir mejor a mis hermanos». En aquel momento yo daba clases por las noches a personas que no sabían leer ni escribir. Era una satisfacción ver que después del esfuerzo podían continuar sus estudios. Quizás por eso me sigue gustando tanto esa parte de la misión de “enseñar” al que no sabe.
Una misión difícil
La misión donde estamos está situada al norte de Mozambique, en la provincia de Cabo Delgado. Balama, que así se llama el lugar, está al sur de esta provincia. Aquí hablamos el macua, y ya a mi edad, las cosas no son fáciles para mí. Así es que me hago ayudar de algún joven. En Mozambique cada región tiene su lengua y eso dificulta un poco la comunicación cuando nos desplazamos de una misión a otra.
En Mozambique he visto muchísimas cosas. Creía haberlo visto todo, pero no es así. Actualmente en la misión donde estoy, en cabo Delgado, hay mucha hambre, injusticia y pobreza, debido a la situación de inseguridad que generan los grupos rebeldes que actúan en la zona y que no se sabe bien a quien responden ni cuáles son sus objetivos. Los jóvenes viven con incertidumbre y miedo su futuro, porque estos grupos armados invaden las aldeas, queman, matan, arrasan todo lo que encuentran a su paso y la gente sufre realmente mucho. Los ancianos, adultos, jóvenes y niños deben huir para no ser asesinados y así vemos a muchas mujeres solas, en situaciones dolorosas y precarias. Pero me digo a mí misma que no podemos perder la esperanza. ¡No podemos y no debemos perderla en esta situación!
La importancia de “salir” para “encontrar”
El trabajo de la misión es mucho, la verdad. Trabajamos con jóvenes, adolescentes, niños, mujeres. Eso requiere escucha, saber estar, paciencia. Preparamos los catequistas y seguimos su proceso. Muchos de ellos saben leer y escribir de un modo discreto, y hay que seguir su camino y apoyarles.
Una de las cosas que más me gusta y aprecio son las visitas a las comunidades situadas en aldeas lejanas. Voy allí y me quedo varios días. Eso permite estar más tiempo con ellos, conocer más de cerca la cultura. Hay mucho tiempo para conversar, para escuchar. Ahí en esos momentos es donde surgen los verdaderos problemas que tiene la gente aquí. Aquí no tenemos psicólogos ni centros de escucha. Pero lo de escuchar atentamente, acogiendo el dolor y la alegría de quien te habla, es realmente sanador.
En esos desplazamientos visitamos las familias, los necesitados que no pueden desplazarse, los enfermos. Organizamos actividades de formación con ellos y compartimos la Palabra de Dios. Y aunque no hablo el macua fluidamente, el lenguaje del cariño y de la amistad lo entienden todos.
La formación de la mujer: uno de nuestros pilares
En Mozambique las misioneras combonianas damos mucha importancia a la educación de la juventud. Uno de los puntos fuertes son “las residencias” para chicas. Aquí lo llaman “Lar” (hogar). Estas chicas jóvenes vienen a veces de aldeas muy remotas y se quedan en el “Lar” para estudiar. Cuando llegan tienen muchas dificultades porque no saben expresarse bien en portugués, que es la lengua oficial. Tienen que aprender con mucha paciencia y constancia. Nosotras contribuimos a su educación, en ocasiones dando clases directamente y muchas veces con cursos complementarios sobre higiene, cocina y mil cosas útiles aquí.
Una abuelita para todos
Para ellas yo soy como su abuelita, me tienen confianza, y me cuentan cosas de sus casas. Como por ejemplo como preparan el campo para la siembra y esperan después el agua de la lluvia para poder sembrar. Me enseñan también a remplazar la mandioca antigua, que hay que poner al sol para que se seque, y remplazarla por una nueva.
Como veis no paramos, aunque si no son grandes cosas. A veces pienso ¿Quién se animará a tomar este camino de la misión y darnos el cambio?
Vera Lúcia Geraldo
Misionera Comboniana





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