Amar allí donde Dios quiere que esté

Soy Mercy Dorothy, Misionera Comboniana, originaria de Uganda y comadrona. En 2023, tras mi profesión en Kampala, recibí mi primer destino: Chad. Esa palabra resonaba para mí como un misterio. Estaba llena de alegría y aprensión a la vez. Me habían dicho: «Allí hace mucho calor». Pero no podía imaginar hasta qué punto.

Un calor que te pone a prueba

Cuando aterricé en Yamena, el calor me golpeó con fuerza. El aire parecía quemarme la piel y me preguntaba cómo la gente podía caminar tranquilamente bajo ese sol abrasador. Por un momento, sentí miedo. Entonces recordé las palabras de la hermana Isabel, una misionera experimentada que llevaba mucho tiempo viviendo allí. Me había dicho: «El calor de Chad quizá te queme al principio, pero calentará tu corazón para que ames más».

Entonces me dije: «Otros han venido antes que yo, han vivido y amado aquí. Yo también puedo hacerlo». El clima seguía siendo duro, pero sentía que Dios me estaba moldeando a través de esta prueba.

La pobreza de no saber

Los comienzos no fueron fáciles. En Yamena, la capital, un policía me habló largo y tendido en su idioma sin que yo entendiera una sola palabra. En los mercados, la gente me sonreía y me hablaba con entusiasmo, convencida de que yo les entendía. Yo les respondía con gestos torpes, dividida entre la vergüenza y la ternura. Fue entonces cuando comprendí una verdad esencial: cuando no hablas el idioma de la gente, descubres tu pobreza.

Pero es una pobreza que abre el corazón. Te empuja a escuchar de otra manera, a amar de otra manera. Así que decidí aprender ngambay, que es el idioma local en la zona donde tenemos el hospital. Dos meses de esfuerzo y hoy empiezo a entender algo, palabra a palabra.

Volver a mi vocación de comadrona

En agosto, empecé a trabajar en el hospital Saint Joseph de Bébédjia. ¡Qué alegría volver a mi vocación de comadrona! Cada nacimiento es para mí un milagro. Cuando veo a una madre y a su bebé salir del hospital, con el rostro iluminado por la gratitud, siento la presencia de Dios. Y cuando llega el dolor o la pérdida, rezo en silencio, pidiendo la fuerza para seguir amando.

Ser comadrona aquí es llevar la vida al corazón de la fragilidad, es aprender que la misión no consiste solo en «hacer», sino sobre todo en ser presencia, dulzura y esperanza.

Sembrar el deseo de la vocación en los jóvenes

En la parroquia, formo parte del equipo que lleva adelante el grupo vocacional. Es una experiencia nueva y apasionante: acompañamos a los jóvenes para que descubran su vocación, ya sea religiosa, laical o familiar. Cada encuentro me recuerda que Dios habla en el corazón de cada uno. Ver a los jóvenes hacer preguntas, buscar, rezar, es una alegría inmensa. Creo profundamente que el futuro de la Iglesia africana se construye en sus sueños y en su fe.

Con la hermana Delphine, también acompañamos a las aspirantes combonianas. Estas jóvenes, llenas de energía y deseo de servir, me hacen revivir mis propios comienzos. Sus dudas, sus risas, sus oraciones me recuerdan que la vocación es un camino de amor, no de perfección.

Llamada a amar en el lugar donde esté

Aquí cada día es un reto. El calor, el idioma, la distancia... pero también una fuente inagotable de gracia. En las risas de los niños, en la mirada de las madres, en la sencillez del pueblo chadiano, descubro el rostro de Cristo. Ser misionera es eso: dejar que Dios te lleve donde tu corazón nunca se habría atrevido a ir. Y cuando el calor es demasiado intenso, recuerdo: «Aquí es donde estoy llamada a amar».

Hna. Mercy Dorothy. 
Misionera Comboniana
Bébedjia (Chad)










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