Mujeres que construyen esperanza


Trabajar en mi país es todo un desafío para mí. Estoy en la ciudad de Sarh, al sur del Chad, y mi comunidad tiene como finalidad acoger en una sencilla residencia (aquí le decimos “foyer”, que significa “hogar”), a chicas que vienen desde el mundo rural a la ciudad para estudiar, ya sea el bachillerato o bien en la universidad. Este hogar es muy pequeño, solo tiene cabida para 18 jóvenes.

La dificultad de salir de las zonas rurales

Estudiar aquí en el Chad, en el mundo rural, quiere decir tener poco futuro, porque muchas de estas chicas vienen de ambientes de bastante pobreza. En sus pueblos se quedarían embarazadas siendo muy jóvenes y ahí se terminaría su formación.

Las jóvenes quieren continuar sus estudios en la ciudad, pero muchas no tienen ninguna familia. En ocasiones se apoyan en algún familiar lejano o algún “tutor” o “tutora” que se interesa más bien poco a la educación de estas jóvenes. En ocasiones las hacen trabajar mucho privándoles el tiempo de estudio. No suelen tener las condiciones mínimas para poder estudiar, como luz, agua, un espacio donde estar tranquila. Están expuestas a bastantes situaciones complicadas.

A sus familias le pedimos una contribución para los gastos del hogar, pero realmente son pocas las familias que pueden pagar todo y nosotras tenemos que completar y confiar en la Providencia para que nos ayude a salir adelante.

Educar mujeres que serán el futuro

Nuestro objetivo es acogerlas en este hogar y acompañarlas en sus estudios, creando un clima más adecuado para ellas. En casa pueden tener clases de refuerzo y actividades formativas complementarias.

Pero una cosa que nos parece muy importante es la convivencia en grupo, aprender a vivir juntas aun siendo muy diferentes. Nuestra formación es holística, es decir trabajamos la dimensión intelectual, pero también la dimensión humana y espiritual. Todas son chadianas, pero vienen de lugares y culturas distintas. Aprender a convivir, empezando por ejemplo por la comida o la limpieza no es algo sencillo.

El primer año suele ser muy duro para ellas. El cambio de la vida rural a la de la ciudad, el vivir con otras jóvenes, los retos de los estudios, etc. hacen que a veces no puedan superar el año y tienen que repetir curso. Pero no nos desanimamos, sabemos que es necesario que sea así.

En el hogar favorecemos mucho la escucha, para que las jóvenes se sientan a gusto, se puedan expresar con libertad y vayan madurando. Acompañarlas es un proceso que requiere mucha paciencia, discreción y continuidad. No pretendemos formar futuras religiosas, lo que queremos es educar a mujeres que sean capaces de elegir ellas mismas su futuro.

Sentir y vivir con ellas para crecer juntas

Cuando las miro me identifico mucho con ellas y admiro y valoro su sed por aprender, sus deseos de salir adelante, su lucha cotidiana. Personalmente siento mucha alegría cuando después de un tiempo pasado fuera del hogar, por motivos de pastoral u otros, al regresar siento el cariño de las chicas, los abrazos, la alegría… me siento como “una mamá” agradecida por el don de la vida. Me gusta también oír algunos de sus comentarios: “Hermana, te hemos echado de menos. Sabemos que cuando nos hablas y a veces nos regañas, es por nuestro bien. Lo entendemos, lo aceptamos y por eso te echamos de menos”.

Otros sentimientos menos agradables son, por ejemplo, la preocupación cuando tienen alguna malaria, porque en ocasiones las malarias son muy fuertes. También de vez en cuando experimento una cierta impotencia porque me gustaría poder tener una casa más grande para poder acoger a más chicas, pero nuestro espacio es limitado.

Puedo decir que en conjunto estoy feliz de todo lo que estoy aprendiendo aquí con ellas: aprendo a tener más paciencia, a escuchar con empatía, a estar a su lado. Soy chadiana como ellas y mi modo de hacer y de pensar encaja muy bien con ellas. Puedo decir que las entiendo bien. Solo puedo decir un “¡Gracias Señor, por todo lo que nos ofreces cada día!”

Benjamine Kimala Nanga
Misionera Comboniana en Chad

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