Me llamo Francine Bodaba Anyandoya y soy originaria de Boma Mangbetu, en la Provincia Oriental de la República Democrática del Congo, diócesis de Wamba. Mi historia comienza marcada por la fragilidad: perdí a mis padres cuando tenía apenas tres años y crecí primero con una prima hasta los diez, y luego con mi hermano André. A pesar de las dificultades económicas y familiares, siempre tuve claro que quería estudiar, aunque pagar los estudios era un reto constante.
Inicio de un largo camino
Con valentía, un día pedí ayuda al padre Fiore, misionero de la Consolata en Bayenga, quien me ayudó a continuar la secundaria. Fue allí donde entré en contacto con distintas experiencias eclesiales. En mi pueblo conviví durante cuatro años con las Hermanitas de la Evangelización, religiosas locales que me ofrecieron acompañamiento y formación humana, aunque en aquel momento no sentía una vocación religiosa clara.
Al mismo tiempo, participé activamente en el grupo juvenil “Bilenge ya mwinda” (“Jóvenes de la luz”), un movimiento muy extendido en el país que ayuda a los jóvenes a crecer en la fe.
Un momento decisivo
Un momento decisivo en mi vida llegó durante un retiro organizado por este grupo en Moungbere, al que llegamos tras cuatro días de caminata por caminos difíciles. Al final del retiro, tras participar en la Eucaristía, caí gravemente enferma y tuve que ser llevada de urgencia al hospital cercano, atendido por los Misioneros Combonianos. Estuve una semana hospitalizada muy grave, acompañada por los sacerdotes y jóvenes del grupo de mi parroquia. Posteriormente, debido a mi extrema debilidad, fui acogida en la casa de las Misioneras Combonianas de Moungbere, quienes me cuidaron con gran cercanía y gratuidad.
Aunque entonces no comprendí del todo lo que significaba esa experiencia, algo quedó grabado en mi corazón. Al regresar a Bayenga, seguí con mi vida normal junto a las Hermanitas de la Evangelización, que confiaban plenamente en mí. Sin embargo, no podía dejar de pensar en aquellas religiosas que me habían acogido sin pedirme nada a cambio. Movida por esa inquietud, pregunté al padre Andrés García quiénes eran, y así conocí más sobre las Misioneras Combonianas.
Descubriendo la vocación en medio de las pruebas
Con su ayuda, viajé a Isiro para conocerlas mejor. Allí entré en contacto con hermanas como Stefania, Remedios y Prado, y comencé a leer sobre la vida de San Daniel Comboni, cuya historia me tocó profundamente. Su pobreza, su entrega total y su amor por África resonaban con mi propia experiencia de vida. Poco a poco fui descubriendo que también yo podía consagrar mi vida a Dios para los demás.
En 2011 me trasladé a Isiro para continuar mis estudios y vivir cerca de las Combonianas. Pasé por momentos difíciles, especialmente cuando me quedé sola en el “foyer” y más tarde en una residencia de estudiantes. En ese tiempo, el acompañamiento cercano de la hermana Prado fue fundamental. Compartimos momentos duros, como su enfermedad por malaria, y también una gran alegría cuando recibí mi diploma, una noticia que celebramos en medio del mercado.
Un largo proceso de discernimiento
Con la llegada de la hermana Mellis, el discernimiento vocacional se hizo más claro y profundo. Ella visitó a mi familia, que acogió mi decisión con fe y generosidad. Así inicié formalmente el camino formativo con las Misioneras Combonianas: el pre postulantado en Butembo, el postulantado en Kinshasa (República Democrática del Congo) y el noviciado en Kenia y Uganda, donde realicé mis primeros votos el 14 de septiembre de 2020. Posteriormente fui enviada a la misión en Zambia, donde he servido hasta ahora.
Al mirar atrás, reconozco una vida marcada por el sufrimiento, pero también por una presencia constante de personas que Dios puso en mi camino. Nunca estuve sola. Todo lo vivido ha sido gracia, y por ello me siento profundamente agradecida.
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