“Yo ya dejé de soñar, aquí duele mucho” Las palabras de Khader, un joven palestino de apenas 17 años, dichas con un tono seco y molesto, me dejaron helada. No eran una frase dramática ni un acto de rebeldía ante la dinámica propuesta; eran una constatación, pronunciada desde un cansancio profundo y un hastío evidente.
Trabajo desde hace poco más de un año en Bailasan, un centro de acompañamiento psicológico y espiritual en Belén. La guerra no solo trae muerte y destrucción visible; arrastra consigo una larga lista de consecuencias colaterales. Belén, una ciudad cuya economía depende casi por completo del turismo, está prácticamente paralizada. El colapso económico se traduce en un aumento de cuadros de estrés y depresión, familias separadas por la migración forzada, carreras truncas, planes de vida suspendidos, jóvenes que desde hace años no salen de sus casas y una dependencia cada vez mayor a los videojuegos o al mundo digital como vía de escape.
En medio de estas historias vuelve a mí un poema de Mahmud Darwish, hecho canción e interpretado por una cantante palestina y una israelí: Mira Awad y Achinoam Nini. “Piensa en los demás”. Muchas veces, frente a ciertos relatos y a mi propia impotencia, he repetido en silencio la última frase con la que el poema se cierra: “Si tan solo fuera una vela en la oscuridad”.
Una vela: una luz capaz de alumbrar las penumbras que deja la guerra, la oscuridad de la división y de la violencia. Una luz pequeña que intenta abrirse paso a pesar de la dificultad del idioma, de la cultura, de las distancias… y de mis muchas limitaciones.
Y, sin embargo, en mi intento de ser luz para otros, me descubro iluminada por la luz de muchas velas que he encontrado en este camino. Pienso, por ejemplo, en Tariq, Raed, Gina o Mohamad: personas cuyas familias sufrieron la expulsión y la crudeza de crecer en campos de refugiados, y que hoy se han vuelto expertos en provocar sonrisas en los niños a través del teatro y los puppets. Su impulso es crear recuerdos felices y ofrecer herramientas emocionales y relacionales que ayuden a los niños a enfrentar el día a día; precisamente aquello que a ellos les hizo tanta falta.
Pienso también en Shoshana, Betina, Natania y tantos hebreos más que no solo entregan su tiempo y su energía en favor de la justicia, sino que muchas veces enfrentan rechazo y crítica de su propia gente por su voz y por sus acciones proféticas en favor de la paz. En medio de esta gran oscuridad que vivimos hoy en Israel y Palestina, una oscuridad que a veces parece expandirse con malicia, hay muchas velas encendidas: personas que guían con sus talentos, que acompañan con valentía, que calientan el corazón con su servicio y que inspiran con su resistencia silenciosa.
En Bailasan, durante las terapias, los talleres o los grupos de apoyo, solemos encender una vela. Pero el verdadero fuego lo encuentro más bien en la fuerza y la sabiduría interior de las personas que participan. Para mí, eso no es otra cosa que Dios, Espíritu Santo, actuando y alumbrando desde dentro.
Vuelvo a la historia de Khader. Después de un tiempo de acompañamiento, durante uno de los talleres, presentamos la historia bíblica de David y Goliat. Me marcó profundamente escuchar cómo Khader compartía que David le ayudó a darse cuenta de que se estaba aferrando a una “armadura” que no era la suya: sueños y anhelos que, lejos de impulsarlo, lo paralizaban, aumentaban su sensación de impotencia y le hacían “pesado el corazón”. Una armadura que más que protegerlo, le estorbaba.
En su compartir con los demás jóvenes, Khader fue nombrando su honda y sus cinco piedras, es decir, sus verdaderos recursos para enfrentar cada día: su salud, su amor por los scouts, su familia, su fe y su mejor amigo. Reconocía que no está en sus manos cambiar la situación sociopolítica, pero sí vencer al Goliat del rencor y de la apatía que lo desafían cotidianamente.
Al verlo hablar con los ojos brillantes sobre esas piedras, me atreví a preguntarle:
—¿Hay algún pequeño sueño que nazca de ellas, listo para ser lanzado hoy en la honda de la oración?
Su respuesta me conmovió:
—Quiero regresar a los scouts y ponerme al día en matemáticas.
Entiendo bien a Khader. También yo sueño con sueños que duelen cuando se confrontan con la realidad aplastante de cada día: que termine la ocupación, que cese la violencia, que caigan los más de setecientos kilómetros de muro de separación. Soñar así, hoy, para mi misión como comboniana, se convertiría en esa “armadura” que limitaba a David: pesada, paralizante, capaz de hacerme, como a Khader, más pesado el corazón.
Mi misión hoy tiene más bien la forma de una vela: “Si tan solo fuera una vela en la oscuridad”. Y permanecer encendida. Acompañar hasta que alguien se atreva a volver a soñar. Alentar, escuchar, conectar. Tocar con cuidado las heridas y romper, poco a poco, los muros de la indiferencia a través de la cercanía y la relación.
En esta tierra herida sigo descubriendo que Dios no ha dejado de actuar:
“La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5).
Lo hace en los sueños sencillos que regresan, en una honda y cinco piedras que cada persona aprende a reconocer como propias: sus dones, su misión, su llamada y su responsabilidad. En una luz discreta, frágil pero real, que, desde su propia realidad y no obstante la complejidad, quiere seguir alumbrando. Él mantiene su luz encendida en mí, me confirma en mi misión y me confirma que la misión es Suya.
Lorena Cecilia Sessaty Sáenz
Misionera Comboniana en Jerusalén





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