“Bateyes” dominicanos formados por comunidades haitianas


Me encuentro en Barahona, República Dominicana, formando parte de la Comunidad Intercongregacional Misionera (CIM), integrada por hermanas de tres congregaciones: Maestras Católicas del Sagrado Corazón de Jesús, Mercedarias Misioneras de Barcelona y Misioneras Combonianas. Anteriormente trabajé en Chad (África), más tarde con indígenas mazatecos en el sur de México, y posteriormente en Haití.

Un lugar de periferia

Barahona es la capital de la provincia dominicana del mismo nombre que se en­cuentra muy cerca de la frontera con Haití y que tiene, por ello, una fuerte presencia de migrantes hai­tianos. Es una de las ciudades y de las diócesis más necesitadas, tan­to religiosa como económicamen­te. Como CIM, trabajamos en Pue­blo Nuevo, uno de los barrios más pobres de la periferia, con mucha desocupación laboral, analfabe­tismo, prostitución, drogadicción y muchas iglesias protestantes, que generan gran apatía a la reli­gión católica.

Los «bateyes» son asentamien­tos de familias alrededor de plan­taciones agrícolas, especialmente azucareras, formados por domi­nicanos de ascendencia haitiana, traídos de Haití como esclavos en los años 80, y migrantes haitianos para trabajar en la siembra, corte, quema, carga, peso y transporte de la caña de azúcar. Es uno de las tareas más duras, fuertes y pe­ligrosas que existen en República Dominicana. Hay centenas y cen­tenas de «bateyes» dispersos por todo el país. La mayoría de las in­tegrantes de estos «bateyes» son madres de familia que viven en un ambiente de precariedad, margi­nación y olvido por parte del go­bierno, debido a su situación de migrantes o por ser descendientes de haitianos.

Un trabajo pastoral de cercanía

Mi labor pastoral consiste en la presencia, apoyo y cercanía con ancianos abandonados por sus fa­milias en un asilo. También apoyo en la pastoral social de la parro­quia. Y me ocupo de dar talleres de medicina natural, tanto en la parroquia, como en los llamados «bateyes», en el municipio de Ba­rahona y en la provincia de San Pedro de Macorís.

En estas dos zonas realizo mi trabajo con herbolaria. Es una la­bor sencilla y popular, con talle­res de capacitación y formación en salud comunitaria para una vida digna e integral. Me enfoco fundamentalmente en mujeres emprendedoras y vulnerables, de escasos recursos económicos, que quieren ayudar a sus familias y comunidades, afianzando así su autoestima.

Con los cursos, trato de empo­derarlas para tomar conciencia de sus derechos y deberes a tra­vés de la salud comunitaria; esto las ayuda a impulsar y ampliar su mirada y conocimiento social, hu­mano y comunitario, para generar paz, justicia, y nuevos modelos de organización y comercio. Sobre todo, para no tener que comprar medicamentos de precios muy elevados y lejos del alcance de sus economías familiares. Por eso, uno de los objetivos de esta for­mación es la elaboración y aprove­chamiento de medicamentos con productos naturales.

Hablando su mismo lenguaje

Cuando imparto estas prácti­cas y hablo en criollo haitiano, su lengua materna, se sorprenden y me preguntan: «¿Cómo una reli­giosa extranjera y que no es domi­nicana habla nuestra lengua na­tal?». Se ponen a cantar y aplaudir. Y yo me digo: «No fueron inútiles los siete años que me tocó vivir en Haití, país que sigue sumergido en la pobreza y la violencia».

Promover el uso de remedios naturales a base de plantas medi­cinales es una tarea muy impor­tante, ya que la misma gente está muy acostumbrada a utilizarla, sobre todo las mujeres mayores, que tienen gran conocimiento de ellas. A partir de un té o infusión que ellas preparan diariamente, aprenden a elaborar pomadas, ja­rabes, jabón, champú, etcétera.

Aún queda mucho por hacer y recorrer. Intento ser para estos «bateyes» un rostro lleno de espe­ranza y de compasión, como el de Dios Padre y Madre. Y confío en lo que San Daniel Comboni decía que «las almas se salvan con oración y sacrificio».

Rosa María del Socorro López Castañeda
Misionera Comboniana en República Dominicana

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