Un corazón abierto al amor sin fronteras

 

Me llamo Masaku Folosi, soy postulante comboniana y nací en Zambia, en Salambango, distrito de Mongu. Soy la segunda de cinco hermanos y crecí en una familia unida, marcada por el esfuerzo de mis padres, agricultores, cuyo ejemplo de perseverancia despertó en mí el deseo de estudiar para poder ayudar a mi familia. Con sacrificio y determinación completé mis estudios en escuelas rurales, muchas veces distantes de casa. Fui la primera de mis hermanos en terminar el duodécimo curso. En aquel tiempo, soñaba con ser soldado, pero Dios tenía otro camino para mí. Mis padres, católicos comprometidos con la Iglesia, me acercaron desde joven a la vida de fe: participé en el coro y, en ocasiones, dirigí el servicio litúrgico cuando ningún sacerdote podía celebrar la Eucaristía en la capilla de mi aldea.

La chispa misionera que ilumino mi corazón

El grupo de animadores misioneros formado por la hermana Omaira, una misionera comboniana, fue inspirador para mí, por su espíritu de colaboración, entusiasmo y, sobre todo, su participación activa en la vida de la Iglesia y en los distintos programas de servicio a la comunidad. Fue por ello, que decidí incorporarme al grupo en 2021. Con ellos, experimenté y viví muchos momentos significativos que permanecerán para siempre en mi corazón. Aprendí que la fe no consiste únicamente en creer, sino también en ponerse al servicio de los demás, especialmente de quienes atraviesan situaciones difíciles.

Con los animadores misioneros trabajamos como una familia, dándonos la mano, como decimos en lozi (lengua local): “Munwana ulimumwi hau tubi nda”, que significa que un solo dedo no puede sujetar algo por sí mismo, sino que necesita de los otros dedos. Es decir, juntos somos fuertes, nos necesitamos mutuamente, porque nadie puede vivir sin la ayuda de los demás. También visitamos a nuestras familias para compartir con ellas la Palabra de Dios y hacerlas sentir amadas y cuidadas. 

Junto a mis compañeros, ayudábamos a las personas mayores, a los pobres y a los enfermos con sincera dedicación y dentro de nuestras posibilidades: íbamos a buscar agua, recogíamos leña, limpiábamos sus hogares, construíamos refugios, les proveíamos algo de harina de maíz, plantábamos árboles frutales y, sobre todo, rezábamos con ellos. No se trataba únicamente de ofrecer ayuda material, queríamos también devolverles un poco de paz interior, de esperanza y de alegría. Fue precisamente a través de este servicio que mi fe adquirió un significado más profundo y que mi compromiso con la Iglesia se hizo más firme.

Valió la pena el camino


No siempre resultaba sencillo. La iglesia estaba bastante lejos de mi casa y, en ocasiones, el largo camino me dejaba cansada y debilitada, especialmente cuando tenía que recorrerlo sola. Sin embargo, con el tiempo comprendí que aquellas dificultades no eran más que obstáculos pasajeros que no debían apartarme de mi propósito. Me armé de valor y continué adelante. Comprendí que no todas las tormentas que aparecen en mi camino llegan para destruirme; algunas llegan para despejarme el camino. Desde aquel día, participé activamente en todos los programas del grupo porque entendí que, cuando aprendemos a desprendernos de aquello que nos limita, comenzamos a crecer y a abrir el corazón al amor que da vida y esperanza. Y ese mismo amor nos impulsa a compartirlo con los demás.

Esta experiencia también me enseñó a no encerrarme en mi propia realidad, a mantener una actitud abierta y acogedora ante la riqueza que cada persona puede aportar a mi vida. Aprendí a construir relaciones auténticas, y a estar disponible para servir a los demás y compartir con ellos tanto las alegrías como el sufrimiento. Esto me permitió descubrir la paz y la alegría de ser cristiana, en el amor sin fronteras que da la mano a quien lo necesita, sin esperar nada a cambio. Un cristiano está llamado a ser luz y guía para los demás, ayudándoles a reconocer su propia dignidad y animándolos a mirar el futuro con esperanza.

Un encuentro que lo transformo todo

Me gusta recordar aquellos momentos en los que sentí que el Señor salía a mi encuentro de una manera concreta. A través de distintas circunstancias de mi vida, fue mostrándome signos de su poder y de su ternura, fortaleciendo poco a poco mi fe. Mi participación en este grupo me acercó de una manera nueva a la persona de Jesús. Esa cercanía provocó una profunda transformación en mi vida. Me hizo experimentar una libertad interior, una paz y una serenidad que hasta entonces no había conocido.

Me impresionó encontrar a un grupo de jóvenes llenos de entusiasmo, generosidad y disponibilidad, dispuestos a acudir allí donde nuestros hermanos necesitaban ayuda, no solo material, sino de escucha, de un saludo afectuoso, de una sonrisa, de una palabra de aliento. De ellos aprendí el lenguaje del amor, de la acogida, de la caridad y de la alegría que procede de Dios. Ellos me ayudaron a profundizar mi fe y a descubrir el plan de Dios para mí.



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