UNA SONRISA QUE CAMBIÓ MI DESTINO

Mi nombre es Tireza Itana. Soy originaria de Etiopía, de la diócesis de Nekemte. Soy la segunda de cinco hermanos, dos hermanas y dos hermanos. Crecí en una familia profundamente cristiana, un hogar donde la fe siempre ha ocupado un lugar importante en nuestra vida cotidiana. Mi padre es director de una escuela primaria, y mi madre es ama de casa. Desde pequeña sentí un amor especial y una gran compasión por las personas más pobres y vulnerables. En aquel entonces, no alcanzaba a comprender del todo el porqué de ese sentimiento, pero hoy sé que era la primera semillita que Dios estaba plantando en mi corazón.

El latido de una llamada

En 2021, en Adís Abeba, conocí a las Hermanas Misioneras Combonianas. Más tarde, empecé a leer sobre la vida de San Daniel Comboni, y me conmovió profundamente su espíritu misionero y su carisma: anunciar el Evangelio a quienes aún no conocen a Jesús y estar cerca de los más pobres y abandonados. Su historia tocó mi corazón profundamente, porque su amor por la misión reflejaba perfectamente ese deseo que yo misma guardaba desde la infancia. Fue así como descubrí que mi amor por los demás podía convertirse en un camino real para seguir a Jesús y servir a su pueblo. Al conocer más a fondo la Congregación y su espiritualidad, comprendí que ese anhelo que latía en mi interior era, en realidad, una invitación de Dios para consagrar mi vida entera a Él en la vida misionera.

Recuerdo una experiencia concreta que me conmovió profundamente. Un día, justo a la entrada de mi habitación, me encontré con una fotografía grande de una religiosa joven. Le pregunté a la hermana que me acompañaba quién era aquella joven y ella me explicó que se trataba de la hermana Liliana Rivetta, una misionera que había entregado su vida en Uganda. Al quedarme contemplando la imagen, no pude evitar conmoverme con su rostro tan joven y su sonrisa tan acogedora. En ese momento me asaltó una pregunta: ¿Qué habría recibido esta hermana de parte de Dios para ser tan valiente y entregar su vida de forma tan absoluta, incluso hasta la muerte?

Dejar la comodidad para abrazar el mundo

Me quedé pensando mucho en eso y, en el silencio de mi corazón, sentí que nacía una respuesta: lo que la movía era un amor inmenso a Jesús y una profunda misericordia por los demás. Su testimonio me ayudó a comprender que la misión no es simplemente un servicio, sino que puede llegar a ser la entrega total de nuestra propia vida. Con esto en el corazón, y tras terminar mi etapa de aspirantado, llegó el momento de partir hacia Zambia para comenzar el postulantado. No les miento si les digo que sentía mucho miedo antes de aquel viaje, porque era la primera vez que dejaba mi país y todo lo que me resultaba familiar. Sin embargo, las hermanas me acompañaron, me dieron mucho ánimo y me ayudaron a vencer todos mis temores. 

Mi etapa de postulantado en Zambia fue un tiempo precioso e inolvidable. El hecho de convivir con personas de una cultura tan distinta a la mía me abrió los ojos a nuevos idiomas, tradiciones y formas diferentes de ver la vida y de celebrar la fe. Tuve la oportunidad de conocer a personas maravillosas y de construir amistades que enriquecieron mi vida de una manera profunda. Esta experiencia no solo amplió mis horizontes, sino que transformó mi forma de pensar. Fue ahí donde empecé a comprender que la vida misionera implica ir mucho más allá de lo que nos resulta familiar y cómodo; significa tener la valentía de cruzar fronteras, abrazar a personas con culturas e idiomas distintos y, sobre todo, dejarnos transformar por la belleza de esos encuentros.

Hoy en día, me encuentro en mi segundo año de noviciado en Italia, continuando con alegría este camino de discernimiento y preparación para consagrar mi vida entera a Dios. Para mí, el noviciado está siendo un tiempo hermoso y valioso. Es un espacio en el que se me invita a abrirme más a Dios, a escuchar con el corazón su Palabra y a permitir que Él vaya moldeando mi interior según su voluntad. En este tiempo, he descubierto que la misión no consiste solo en ir a un lugar a dar algo a los demás. Significa, en igual medida, aprender a recibir, a escuchar, a aprender y a dejarnos evangelizar por las personas con las que nos encontramos.

Tireza Itana
Novicia Comboniana

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